Una alumna del CEPA gana el Primer Premio Nacional de Relatos Cortos

  • Posted on: 12 February 2015
  • By: admin

La alumna del Centro de Educación de Personas Adultas Telde-Casco, Ainoa Carmona Trujillo, ha sido galardonada con el Primer Premio Nacional de la Fundación Adunare y la Asociación Codet en el IX Certamen de Relatos Breves Fernando Abraín.

Ainoa Carmona, que culminó sus estudios el curso pasado en este CEPA, participó con un relato corto titulado "Todo viaje empieza con un primer paso".

Tanto su profesor de Literatura, Fernando Castro, como la Directora del Centro de Adultos de Telde-Casco, Josefina Rodríguez Perera, han felicitado a esta alumna por este importante logro literario. “Es muy importante que los centros educativos costeados con dinero de todos tengan alumnos con inquietudes literarias porque así se reconoce la calidad de la enseñanza pública”.

Todo viaje empieza con un primer paso. Relato de Ainoa Carmona. Galardonado con el Primer Premio Nacional de Relatos Breves.

Aquella silla de madera agrietada y envejecida por el paso de los años de tanto uso en la que todas las mañanas me sentaba para desayunar, estaba hecha a mí. Me reconfortaba ver aquellos magníficos y espectaculares amaneceres; El manto estrellado desde el Este se iniciaba un tenue color anaranjado ocultando poco a poco la oscuridad con su tono cada vez más intenso, más brillante. Se atenuaban las estrellas rindiéndose ante el nuevo colorido que embriagaba el cielo a su paso. Y allí estaba, como cada amanecer el sol, levitando como si de un globo de helio se tratase. Siempre observaba absorto hasta su gran resplandecer, ya que era y sigue siendo, el momento en el que se deja contemplar.

Recuerdo como si fuera hoy, que aquella mañana, mientras el color calabaza me acentuaba la cara asomada desde aquella ventana de la cocina, vino a mí una duda. Se me abrieron los ojos de par en par quedándome paralizado ante mi propio pensamiento. En aquel momento, aún tenía en la boca unas migas de las magdalenas caseras hechas por la abuela Lala, que desde mi uso de razón, preparaba con gran orgullo, ya que a todos nos gustaba su sabor dulce y su textura esponjosa. Aún me parecen olerlas…

La abuela Lala, como todos la llamábamos, era una mujer que pese a su avanzada edad era una persona bastante enérgica. Todos la querían por su buen humor y su tierna sonrisa. Aún hoy no he visto una sonrisa tan eterna como la suya.

Me levanté de un salto y salí corriendo de aquella cocina a punto de darme de bruces con la abuela Lala que entraba con unas cuantas manzanas rojas, que seguramente, había cogido del manzanero de su propio huerto.

-¡Éste chico..! - Alcancé a oír cuando llegaba a la puerta de madera de la calle.

En aquella mañana de octubre, se apreciaba con gran magnitud el frondoso color verde por doquier. Eran fechas de recolecta y olía a hierba fresca. La villa estaba decorada con árboles frutales y parcelas que lucían con gracia las líneas de los surcos de siembra. Preciosa estampa digna de un cuadro.

Salí recorriendo y con paso firme por el camino formado entre hierbas. Cuando acabó éste, me encontré frente al acantilado, y en él, se encontraba el sabio de nuestra pequeña aldea, que como cada mañana se encontraba frente al precipicio, absorbiendo el aire con los ojos cerrados, yacía sumergido en sus propios pensamientos. El Sabio Declan era una persona de unos…quien sabe, centenario diría yo, con su pelo y su extrema barba perfectamente esculpida, era muy alto y demasiado delgado, vestía con traje de lino y sandalias desgastadas. Le recuerdo con su trozo de rama que usaba como bastón. Era una persona tenaz y muy clamada.

Me acerqué lentamente hacia él.
-¡Buenos días, preciosa mañana! – Dijo alegremente.
-¡Buenos días Sabio Declan, impresionante!
 
Se giró para observarme, y ya portaba una sonrisa resplandeciente. Hizo un gesto con el brazo en señal de que me pusiera a su lado que obedecí de buena gana. Junto a él, en el acantilado observamos unos minutos.
 
Frente a nosotros se encontraba la más perfecta de las imágenes aun vistas con mis propios ojos. El mar se situaba bajo nuestros pies en calma, se divisaba más allá de su final unas montañas esbeltas perfectamente colocadas en sincronía, y por encima de éstas, se apreciaba el primer rayo de sol dando paso al azul más claro desvaneciendo el anaranjado.
 
Entonces sin más ni más formulé la pregunta que me hizo llegar a éste lugar.
-¿Qué hay más allá de las montañas? – musité.
 
De repente hubo un silencio, tal vez algo perturbador. Recuerdo que me sonrojé y trague saliva. Miré hacia aquel hombre centenario que tantas historias y soluciones que nos había brindado. Él estaba perplejo ante mi pregunta repentina.
 
- Desde que nací hasta el día de hoy, pocas personas han tenido la extraña curiosidad por saber que hay detrás de las montañas, y la mitad de éstas, han tenido el valor de emprender un viaje bastante incierto y solitario.
 
Entonces ¡ ha habido personas con mi misma inquietud! Pero, ¿por qué nadie ha hablado de ello? Imagine a alguien caminando solitariamente por aquellas elevadas montañas con la incertidumbre e ilusión de ver más allá. Se me antojó un héroe ante tal hazaña.
-¿Y qué les pasó a aquellas personas después de tal viaje?- logré decir entre mis pensamientos.
- Nunca volvieron.- Miró hacia el horizonte e hizo un silencio – Jamás supinos nada. Creemos que no sobrevivieron en el viaje. La villa jamás habla de ello ya que para nosotros perder a alguien del lugar nos aterra.
 
No comprendo nada. Por un lado él tenía razón, es triste ver como se marchan otros y nos saber nada nunca más. En cambio, también pueden no haber vuelto porque habrán visto alguna maravilla que les reconforta y sacia sus expectativas de vida. Aun así me atraía el hecho de saber que veía el cielo tras aquellas montañas.
 
- Sé lo que estás pensado. - Me dijo el hombre centenario- Eres joven y fuerte. Pero es un viaje duro y sin ninguna razón cierta.¡Aquí tenemos todo lo que nos hace falta! Y si existiera algo, no necesitamos nada del exterior, ni el exterior de nosotros.- dijo un tanto crispante.
 
Sorprende ver a alguien con una instrucción tan innata, como teme a lo desconocido. Esto me hizo pensar que la sabiduría tiene un límite y que ante éste, la persona adulta se hace débil ante el desconocimiento y se torna un niño asustado.
 
 "Esto me hizo tomar la decisión de mi camino al cual hoy continúo avanzando sin miedo", comenta la propia Ainoa.